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Un Abrazo

Programa radial emitido por FM 91.3 Simphony

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Editoriales

Índice

Mejorar el mundo (27-08-2007)

Hacer el bien sin esperar cómo agradece quién (03-09-2007)

Ese trascendente y silencioso hábito de hablar con nosotros mismos (10-9-2007)

Entidades de deporte amateur (17-09-2007)

El dinero, una herramienta interesante (24-09-2007)

El tiempo es efímero para todos (01-10-2007)

¿Quijotes? (08-10-07)

Ejercer la democracia, prenda de nuestra libertad (22-10-2007).

Buenas o malas, ¿quién sabe? (29-10-2007)

Hojita de almanaque (sobre las luchas) (05-11-2007)

Hojita de almanaque II (sobre la fortuna) (12-11-2007)

Voluntad y compromiso “es lo que hay” (19-11-2007)

Variar de tren de vez en cuando (26-11-2007)

La importancia del juego. (03-12-2007)

Seguir practicando desde el campo de la sabiduría. (10-12-2007)

Dosificar y elegir información. (17-12-2007)

La víspera y el Niño del pesebre (24-12-2007) 

El hombre que soy es social (04-02-2008)
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El hombre que soy es social.

Y cuando llega el verano, nuestros ojos buscan vacaciones y a menudo se fijan con curiosidad también en las de los demás. Costumbres de estos tiempos nos hacen cambiar de ámbito por unos días. Un supuesto descanso que en realidad muchas veces no es más que un cambio de aire lleno de actividades, no tan descansadas. Pero es cambio refrescante al fin. La cultura de por acá nos lleva primero al mar y luego también a otros lugares como las montañas, el campo o alguna ciudad o pueblo en particular. Las playas y otros lugares vacacionales en gran medida se abarrotan en esta época. Durante las vacaciones se forman allí pequeñas y efímeras sociedades de una quincena o de un mes que muchas veces se reiteran en el mismo lugar al año siguiente. O a veces se mudan grupos sociales enteros en dulce montón cambiando únicamente el escenario habitual por uno que permita vivir días relajados. Siempre hay excepciones pero, la inmensa mayoría, en estos lares, vive así su verano. Y a la vuelta, el siempre presente intercambio -¿Te fuiste a algún lado? ¿Cómo te fue?-. Como muchos animales, somos fundamentalmente sociales. No dejamos este traje ni en vacaciones. Es decir, ni aún siquiera cuando buscamos vivir esa casi irrealidad libre de preocupaciones quincenal dejamos de ser sociables y de vivir en sociedad. Es un dato para tener en cuenta cuando asumimos o elaboramos un proyecto. ¿Cómo me va a resultar esto desde mi condición de integrante de esta sociedad en la que vivo? ¿Debo preparame al respecto? El ser social que llevamos dentro impregna nuestra conducta, nuestro humor, nuestro estado de ánimo. No somos conscientes de su importancia simplemente porque es parte innata en nosotros. Pero es bueno recordarlo ahora, en tiempos de relax. No es natural estar solo. Y calculo que, por ende, no será muy saludable aislarnos demasiado.  Tal vez sí sea bueno, un poco. Para la refelxión o la oración por ejemplo. Pero no demasiado. Si nos aislamos en exceso, desde algún lugar, nuestro ser social nos golpeará duro y reclamante. Aunque fuere en minoría y contra la corriente predominante, el modo a desarrollar un proyecto o una idea no debe alejarnos del todo de la sociedad en la que estamos. Hay que ingeniárselas para buscar la forma, por más revolucionaria o reaccionaria que fuere. No es natural estar aislados o solos. Vivimos en la naturaleza humana. Somos uno de estos seres sociales. A tenerlo en cuenta. Recuerdo que el Señor mandó a sus primeros discípulos de dos en dos. Les mando un abrazo.

Francisco M. Lynch.

del programa emitido el 4 -02-2008.

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La víspera y el Niño del pesebre.

La información nos inunda. Llegan los días de fin de año. Víspera. Priman, sobre todo, datos económicos sobre records de ventas y consumo por “las fiestas”. Muchas imágenes de regalitos envueltos y de centros comerciales abarrotados de gente comprando. Dibujos de nieves y trineos ajenos a nuestra estación. Y al lugar donde nació el Niño. Pero Él llegó igual a mi corazón. Vino como siempre lo hace. En el momento justo. En modo humilde y en silencio. Cuando más lo necesitaba. En medio del cansancio de un año que se cierra. Llega Dios en modo indefenso a echarme luz para bien cerrar un ciclo y darme esperanza para el nuevo. Le agradezco por todo. Medito mucho dentro del silencio y la paz que me regala mientras lo veo dormido sobre la avena. Me recuerda que no deje de intentar imitarlo. Que vino para quedarse a mi lado un año más. Y que le desee a todos mis amigos, con la serena y viva alegría de un río dulce: Muy feliz año nuevo. Y un abrazo para todos.

Francisco M. Lynch.

del programa emitido el 24-12-2007.

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Dosificar y elegir información.

Los angloparlantes tienen una expresión: “pieces of information”, que vendría a ser, en nuestro idioma, algo así como “porciones de información”. Relativo a esto, hay estudios que refieren que, la cantidad de información contenida en un diario de tirada nacional del día domingo en esta época, es mayor a la cantidad total de información a la que tenían acceso las personas comunes de principios de siglo pasado en toda una vida. Hoy, podemos decir que vivimos sobreinformados. Hay un exceso de información que nos invade y acosa. Se nos mete por todos lados sin que nos demos cuenta a veces. E influye en nuestro ánimo. Las empresas recurren a los más sofisticados mecanismos publicitarios de comunicación para convencernos de dejar entrar bien hasta el fondo de nuestras mentes y nuestras almas aquellas porciones de información que ellos deciden. Nuestro intelecto procesa esa información dirigida a las masas y así nos masificamos cada vez más. Los mensajes nos rodean y marean a través de la TV, la radio, los diarios, las revistas, los folletos de supermercados y de casas de electrodomésticos, de tarjetas de crédito, etc. Y nos vamos moldeando todos hasta confluir en un “standard”, en un modelo único, incapaz de pensar por fuera de los límites impuestos por ideas, furores y modas de turno. Gustos, preferencias y hasta necesidades inducidas nos llevan a invertir nuestra energía y el producto de ella (nuestro dinero u otros bienes) en lo que la publicidad indica. No obstante esta realidad, siempre hay un espacio de silencio, de cansado hastío hacia los espejos de colores, que nos indica que la verdadera libertad está trasponiendo la puerta de lo establecido en los diarios, folletos y avisos a todo color. Busco esa libertad. Hoy me fui a la biblioteca pública y saqué en préstamo un libro que mi corazón me pidió leer. Nadie más que yo me impuse el leer ese libro. Siento un aire puro al leerlo. Una porción de información entra en mí sin que me lo haya inducido otro. En un marco de excesiva información inabarcablemente impuesto, siento imperioso decidir yo qué información voy a dejar entrar a mi persona. Puedo dosificar y diversificar el acceso a medios masivos de comunicación para no desconectarme. Pero debo hacerme una buena cantidad de tiempo también para elegir libremente aquello que ver, escuchar o leer. A veces elijo escuchar el silencio por un largo rato. Son para mí claves para no convertirme en un robot de uso y consumo y aspirar a jugar la vida con creatividad y en libertad. Les mando a todos un abrazo.

Francisco M. Lynch

del programa emitido el 17-12-2007

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Seguir practicando desde el campo de la sabiduría.

Pensaba dirigirme a los que se sienten viejos o que ya entraron en la técnicamente catalogada como tercera edad. De seguro hay en muchos de ellos (aunque siempre hay excepciones en esta vida) algo parecido al cansancio y a la falta de ganas o motivación para encarar ciertas actividades. No obstante tales justificados y justos sentimientos nada impide que esta zona de la vida pueda ser considerada sector pasivo desde algún enfoque (como el previsional, es decir, desde la administración de cajas de jubilación o pensión) pero a la vez muy activo desde el superior contexto de la sabiduría. Activo hasta el último soplo. Hasta el final, que nos excede. Decía Rousseau: “La juventud es el tiempo de estudiar la sabiduría, así como la vejez es el tiempo de practicarla”. A veces, quienes nos sentimos jóvenes, nos da envidia el no estar en esa situación de poder practicar la sabiduría. Pero, cada uno en su lugar. Si nos sentimos jóvenes, no debemos dejar de escuchar a los que saben. Si nos sentimos viejos, no debemos dejar de ejercer los actos que nos son mandados con sabiduría y, en todo caso, transmitir sabiduría a quienes llevan a cabo los actos que ya no tenemos entre manos. En cuanto a la transmisión de la sabiduría como forma de practicarla, existen hoy muchos medios que ayudan a hacerlo. Una conversación directa es la mejor, pero hay también medios telefónicos, gráficos, radiales, televisivos, cablegráficos, internet. Que importante es la práctica de la sabiduría. Sólo la ejercen con entera propiedad los más viejos. Por eso los viejos valen mucho. El consejo del más viejo que nosotros puede resultar tan valioso como inmensurable en dinero. Es que va por otro carril que el puramente material. Enfocan desde experiencias vividas. Aplican a su vez sabidurías recibidas de sus mayores, ya probadas. Compendian la vida misma, esa que trasciende el tiempo. Ojalá esté en el ánimo de los mayores el practicar su juego hasta el mismísimo final, con desprendimiento. Y en el de los jóvenes, el ir a ver a jugar a los veteranos, más a menudo. Les mando a todos un abrazo.

Francisco M. Lynch

del programa emitido el 10-12-2007

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La importancia del juego.

El destino quiso que me cruce con la teoría que Joseph Huizinga, historiador y catedrático holandés, propuso y expuso a mediados del siglo XX en su libro Homo Ludens (el hombre lúdico o del juego). La cultura humana brota del juego. Los animales juegan así como el hombre arcaico jugaba. La cultura nace, se entreteje, se desarrolla, evoluciona y muta a lo largo del tiempo a partir de ese factor básico que es el juego, lo lúdico (relativo al juego) y el carácter agonal (lucha) propio de tal concepto. Doctrinas, sistemas, conceptos, normas, conocimientos y costumbres, en fin, todas las manifestaciones que conforman la cultura se constituyen, se reproducen, se alimentan y retroalimentan en una capa de ideas cada vez más gruesa que va alejándose del concepto de juego puro. Conforman lo que, se ve mejor desde el otro extremo de dicha capa, lo que se puede llamar “lo serio”. El juego y lo serio. Ambos conceptos antagónicos. Pero ambos básicos por igual y propios de la existencia humana. No obstante, desde el siglo XIX grandes corrientes de pensamiento concurren en contra del factor lúdico y tratan en menos al juego. La ciencia experimental y analítica, la filosofía, el utilitarismo (doy para obtener algo) y el reformismo político han relegado al juego a un papel inferior. Pero como lo rescata esta teoría del “homo ludens” no es posible la cultura sin una cierta afirmación de la actitud lúdica. El juego es fenómeno cultural antes que biológico. Los niños juegan para divertirse y luchan según reglas que limitan la violencia. Juego es aquella acción que se desarrolla dentro de ciertos límites de tiempo, espacio y sentido, en un orden visible, según reglas libremente aceptadas y fuera de la esfera de la utilidad o de la necesidad materiales. Una de las más concebidas formas de juego para nosotros la conforman los deportes. Pero a partir del siglo XX el deporte como función social ha ido aumentando su significación y absorbiendo cada vez un campo mayor (hacia lo serio). Con la creciente sistematización y disciplina del juego se pierde, a la larga, algo de su puro contenido lúdico. Esto se manifiesta en la distinción de los jugadores en profesionales y aficionados. La actitud del profesional no es ya la auténtica actitud lúdica pues están ausentes en ella lo espontáneo y despreocupado. El deporte, en muchos ambientes de la sociedad moderna se va alejando cada vez más de la pura esfera del juego y se va convirtiendo en un elemento que ya no es juego. No son sus actores profesionales creadores de cultura y por mucha importancia que revista para los participantes y los espectadores, continúa siendo una función estéril en la que se ha extinguido, en gran parte, el viejo factor lúdico. Cuanto más reglamentada, científica y seria es la actividad, menos lúdica es. Para jugar de verdad, el hombre, mientras juega, tiene que convertirse en niño. Numerosas organizaciones e instituciones, grupos de personas y clubes demuestran hoy, en nuestros días que prologan el siglo XXI, que el factor lúdico de la vida es muy significativo, tanto como el factor serio. Tan importante es que se presenta capaz de constituir, en la práctica, directas puertas de acceso a la cultura y a la creatividad. Ingreso, por el jardín de los juegos a la espiral virtuosa de la existencia humana que, siendo una, se va elevando simultáneamente, tanto en el juego como en lo serio. A través del juego comienza a enhebrarse la cultura. Esa que despeja horizontes que permiten crear, soñar y así progresar en todos los sentidos (aspectos lúdicos y serios de la vida). Vaya si es trascendente la acción de estas entidades cuyo objeto es el juego en sentido netamente lúdico. Ellas preservan, mantienen y viven a pleno el carácter lúdico de los juegos que practican. No lo desplazan hacia lo serio. Pues el factor lúdico como tal, es lo que las hace demasiado importantes. Mucho más de lo que cierta cultura utilitarista cree mientras se empecina en enviarlas a un segundo plano o pretende, sin conseguirlo ni explicarse en sus razonamientos por qué, convertirlas y correrlas hacia lo serio. Que viva entonces el juego por siempre, los que lo conciben y preservan lúdico y los verdes brotes de cultura que, me consta, de él nacen a la vida. Les mando un abrazo.

Francisco M. Lynch

del programa emitido el 03-12-2007

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Variar de tren de vez en cuando.

Por razones de trabajo el otro día tenía que ir a Boulogne, en transporte público, desde Capital Federal. Acostumbrado a tomar el tren de la línea Retiro-Tigre, me disponía a tomarlo hasta San Isidro y luego ir de allí en colectivo (La Costera) hasta Boulogne por la avenida Márquez. Medios de transporte y rutas por demás conocidas para mis hábitos. Previo a ello, me encuentro circunstancialmente con mi hermano mayor Santiago, quien me refiere que tal vez pueda ir directamente desde Capital Fedral a Boulogne. En tren, desde Retiro y hasta la estación Boulogne. Claro, sería otra línea de trenes, otra ruta férrea no conocida ni familiar a mis sentidos rutinarios. Nunca había tomado esta otra línea. O al menos, no lo recordaba. Pero llegaría directo a Boulonge. Ahorraría tiempo tal vez. Entonces acepté el desafío a mis costumbres y me dirigí a otra cabecera terminal de la estación Retiro. Otro ramal. Signada por otra técnica motora. No eléctrica sino diesel. Otros ruidos. Otro ángulo desde donde enfocar el mismo Retiro. Distinta la estación terminal. Distinto todo. La salida de Retiro, paralela a la de siempre para mí pero corrida a la derecha. Todo enfocado desde unos metros más hacia el río de la Plata. Iniciada la marcha los vagones permanecen silenciosos de motores. Silencio solo interrumpido por el lejano y por ello tenue rugir del motor diesel que venía de la máquina, mucho más adelante. Vagones medianamente limpios, con asientos casi nuevos, bien pintados. A diferencia de la línea Retiro-Tigre acá los vagones no tienen aire acondicionado. No se escuchan “ringtones” entre el pasaje permanentemente. No se escuchan conversaciones telefónicas. La gente no va ensimismada en sus audífonos de radios FM o de sus MP3 o MP4. Tampoco leen mucho los pasajeros que viajan en este ramal. Mas bien, como norma general, todos los que pueden se sientan, acomodan sus bolsas y duermen el arrorró de la suspensión del vagón con el sonido rítmico de las ruedas contra los rieles que se cuela por las ventanas bajas dejando que los acaricie una suave brisa con aromas suburbanos que entra y recorre el interior del vagón. Las estaciones se mantienen sin carteles de publicidad estática que interrumpan la posibilidad de ver sus estructuras, sus bancos y su arquitectura de décadas. En general están bien mantenidas para lo que es la realidad del conurbano bonaerense. Los vendedores son muchos menos y a la vez son mucho más amables que los de la línea Retiro-Tigre. No son tan gritones. Se dirigen con más respeto al público consumidor del viaje (y potencialmente consumidor del producto que venden). El boleto, desde Retiro, vale diez centavos más hasta Boulogne que hasta San Isidro siendo el trayecto paralelo y de casi igual duración pero yendo por ramales diferentes por cierto. El silencio solo es interrumpido por alguna conversación entre un grupo de jóvenes que se ríen de sus chistes en el espacio que queda en la punta de cada vagón, al lado de las escaleras para subir y bajar del tren. Las estaciones no me son familiares. Mezcla de estaciones rurales y urbanas. Lógicamente, se llaman suburbanas. Son parte de un escenario renovado, nuevo para mí y a la vez demasiado monótono y rutinario para los demás que toman ese tren (y no el mío) todos los días. Saldías, S. Ortíz, del Valle, M. Padilla, Florida, Munro, Carapachay, Villa Adelina, Boulogne, V.A. Montes, Don Torcuato, Sourdeaux, Villa de Mayo, Los Polvorines, Nogués, G. Bourg, Tierras Altas, Tortuguitas, Manuel Alberti, Del Viso y Villa Rosa son las estaciones que completan el recorrido desde Retiro. El tren tardó treinta y cuatro minutos hasta Boulogne. Salió y llegó a horario. A mitad del viaje, en este ámbito desconocido, cedí el asiento a una señora y también jugué con las miradas con una chiquita de muy corta edad que aparecía y desaparecía detrás de un respaldo de asiento siguiéndome el juego y riéndose a carcajadas. Es decir, que en el ambiente inusual surgió espontáneo lo mejor de mi civilidad. Tal vez me sentía embajador natural de los del otro ramal. Bajé del tren y me dirigí caminando al destino que me llevaba mi trabajo. Me inserté nuevamente en un plano conocido. Me metí en la monotonía de lo habitual. Pero con la satisfacción de haber percibido a través de mis sentidos y durante algo más de treinta minutos, un pequeño mundo paralelo, una realidad distinta y nueva que estaba ahí y no lo conocía. Y que hoy sigue estando allí. Les mando un abrazo.

Francisco M. Lynch

del programa emitido el 26-11-2007

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Voluntad y compromiso “es lo que hay”.

Últimamente escuchamos a menudo, casi como una moda, la frase “es lo que hay”. En general se aplica en actitud fría o también en modo conformista y/o hasta quejumbrosamente. Se escucha ante innumerables situaciones de la vida respecto de las cosas con que nos encontramos día a día. Empero, las frases como esta, siempre es conveniente interpretarlas. Interpretarlas en conjunto con las circunstancias en que se dicen, quién las dice, cómo las dice, ante qué realidad se dice. Esta tan mentada frase “es lo que hay” que hoy se escucha a menudo puede sonar a una despojada de emoción, clara y sincera “visión de la realidad” pero también, en muchas ocasiones, denota “resignación” ante una realidad no querida. Por ejemplo, ante el defectuoso funcionamiento de medios de transporte, ante el estado de las escuelas y hospitales públicos, ante el nivel de la justicia y de los organismos de seguridad y también ante situaciones muy particulares de cada uno de nosotros con relación a nuestra limitada capacidad para resolver ciertos problemas o la insuficiente capacidad o voluntad de otros para que nos resuelvan esos problemas. Creo que será útil para descifrar bien el mensaje (sobre todo cuando nosotros lo usamos), el discernir entonces esas circunstancias que rodean esta frase de moda: “es lo que hay”. Discernir cuando se está describiendo, aunque sea crudamente, una realidad no querida que hay que modificar trabajando o bien cuando la frase trae aparejada solamente “resignación” como aceptación con la que nos rendimos sin más ante una realidad que nos lastima. Con estos antecedentes, frente a situaciones en las que una conclusión “es lo que hay” se impone, no vendrá mal nuestro esfuerzo por honrar nuestra “voluntad” de mejorar día a día el mundo que nos toca (nuestra sociedad, nuestro pueblo, la familia en que vivimos). ¿Cómo? Empezando por completar esa oración. Esto es, quitarle el sentido exclusivo de resignación que puede transmitir y adherir la impronta de un compromiso que solo nosotros, cada uno en su lugar, puede asumir. Y así la frase dirá para nosotros algo así como: “es lo que hay y tenemos que mejorarlo” o bien, “es lo que hay y trabajo para que haya más y mejor”. Muchos son ejemplo vivo de esto. Ojalá veamos nosotros también los frutos de nuestra actitud. Será gratificante constatar que la voluntad imperó sobre la resignación y el desgano. Les mando a todos un abrazo.

Francisco M. Lynch

del programa emitido el 19-11-2007

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Hojita de almanaque II (sobre la fortuna).

Arranqué otra hojita del almanaque. Esta vez la del 20 de septiembre. En su contracara aparece una frase de Séneca que viajó hasta mí a través del tiempo, por unos dos mil años. Allí se lee: “La fortuna teme a los valientes y oprime a los pusilánimes”. Pensé en los términos del proverbio. Se entiende por pusilánime al cobarde, tímido, falto de ánimo. Seguramente todos tenemos momentos u ocasiones donde nos comportamos con cierta pusilanimidad. Del otro lado de la frase, al principio, aparece la palabra fortuna. He de considerar y recordar lo relativo del concepto de fortuna. Muchos se creen pobres y no son conscientes de la fortuna que poseen. Salud, capacidad, afecto, poder o tal vez algo de dinero o mucho. Estas son algunas de las cosas que uno ve en el otro para luego calificarlo de “afortunado”. A lo mejor yo me siento pobre pero soy muy afortunado a los ojos de otro. Invitaría a cada uno a preguntarse ¿De qué se compone mi fortuna? ¿Cuál es la fortuna que Dios me dio? Volviendo a la frase de Séneca aparece claro que si me paro como un pusilánime frente a mi fortuna, pues ésta automáticamente me esclaviza. Como contrapartida, para que mi fortuna me respete (o me tema) debo ser valiente ante élla. He aquí la clave. Debo ser valiente para que mi fortuna o bienes que poseo no me esclavicen. Es decir que, respecto de mi fortuna, debo de apelar a algo de coraje para que esta no me someta y así ser verdaderamente libre. En general preciamos la libertad. Pero, cuando revisamos estos conceptos desde nuestra fortuna ¿cómo darnos cuenta donde está el limite de nuestra libertad para que no se transforme en el malgastar nuestra fortuna? Pues, sólo se trata de poner los valores en su justa escala. Y que la fortuna no me esclavice. Que me respete (me tema) y que esté verdaderamente a mi servicio y al servicio de las causas que proyecto a lo largo de mi vida. Me propongo reflexionar sobre mi fortuna y cómo es mi relación con ella. ¿Está al servicio de los objetivos que he proyectado en base a mis principios más elevados? Tal vez, en ocasiones, la relación de servicio entre mi fortuna y yo la invierto sin que me de cuenta. Me acordaré de Séneca cuando mi instinto me haga retacear la disposición de mi fortuna en cualquiera de sus expresiones por cuidar en modo exagerado el monumento personal que yo levanto a mis bienes. Ese monumento que, por pequeño o grande que sea, va a quedar enclavado en la tierra cuando yo sea aún más incorpóreo que mis cenizas. Y espero tener la valentía suficiente para pararme frente a él en todo momento. Pues ahí está una de las llaves de mi libertad. Les mando a todos un abrazo.

Francisco M. Lynch

del programa emitido el 12-11-2007

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Hojita de almanaque (sobre las luchas).

Costumbre inveterada en los hogares rurales y pueblos de provincia es deshojar día a día el almanaque en la sala, el escritorio o la cocina. Cada día tiene su hojita para ser considerada y arrancada y tomar conciencia del paso del tiempo. En los almanaques de calidad, como los que distribuye a sus clientes una firma consignataria de hacienda de una localidad provincial, cada hojita dispone, además del día, el santoral, el horario de salida y puesta del sol y de la luna y, en el reverso, una frase célebre o apotegma capaz de dejarnos reflexionando el resto del día. Una de ellas, la del día 28 de septiembre decía en el reverso: “Cuando los elefantes luchan, la hierba es la que sufre. Proverbio africano.” Esta imagen, disparadora formidable de ideas, me llevó a la inmediata reflexión propia del que siempre busca el error en el otro o en los otros. En seguida comparé a los elefantes que luchan con los políticos profesionales que disputan el poder derrochando recursos y a la hierba con los pobres ciudadanos administrados por aquellos. Pero, luego de reflexionar un poco más, me empecé a preguntar ¿en qué ocasiones soy yo elefante para otros? ¿No seré, cuanto menos referente para alguien? ¿Y qué pasa con ellos cuando yo peleo sin justificación? Un hijo pequeño o no tan pequeño, un alumno, un empleado, un compañero, un vecino, un amigo, etc. Para que la hierba no sufra, los elefantes no deberían luchar. Eso no es posible para la naturaleza del gran cuadrúpedo. Pero por suerte lo es para el hombre, quien, antes de luchar ha de pensar cuánta hierba hará sufrir con su lucha y, en tal caso, tratar de evitar la pelea recurriendo a otros medios como el diálogo o la mediación para dirimir los conflictos. Aunque todavía nos falta mucho en estas materias, entiendo que la humanidad va incesantemente en la búsqueda por lograrlas. Depende de nosotros el valorar cada vez más estos medios de resolución de conflictos a la vez que reflexionar largamente en la hierba que puede sufrir cada vez que estemos a punto de comportarnos como los elefantes del proverbio. Les mando a todos un abrazo

Francisco M. Lynch

del programa emitido el 5-11-2007

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Buenas o malas, ¿quién sabe?.

Conversando con mis hijos acerca de las cosas que nos pasan, que no siempre son agradables o esperadas por nosotros, a menudo les repito una historia de origen indio que leí citada en un excelente libro del padre Carmona sobre la vida y sus conflictos, y que más o menos trataba de lo siguiente: Era un aldeano humilde cuya familia vivía de su trabajo. Para sus labores utilizaba un caballo de su propiedad que representaba su capital. Un día el caballo desapareció. Como era costumbre ante hechos notorios y de envergadura para los habitantes del pueblo, el resto de los paisanos se reunieron y visitaron al aldeano, esta vez para consolarlo. Pero ante las condolencias el aldeano respondía –Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?-. Fue así que a los pocos días el caballo del aldeano volvió por sus propios medios al corral arrastrando detrás de sí otros tres caballos sueltos que sin dueño merodeaban por las estepas. El resto de los parroquianos, al enterarse, lo fueron a visitar para felicitarlo pero, el aldeano, con la misma tranquilidad respondía –Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?. Al día siguiente, el hijo mayor del aldeano, mientras domaba uno de los nuevos caballos del aldeano, se cayó y se rompió una pierna lo que, a más del dolor, lo inhabilitaría por mucho tiempo para trabajar y ayudar a su padre. Los vecinos, al conocer esto fueron de inmediato a visitar al aldeano y al joven. Y una vez más, ante el consuelo de sus pares, el aldeano repetía –Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?-. A los dos días llegó de imprevisto la gendarmería con ordenes de reclutar a los jóvenes de la comarca para ir a la guerra que asolaba ese sector del país. Todos los jóvenes de determinada edad marcharon a la guerra, con excepción del hijo mayor del aldeano, que yacía en su cama con la pierna quebrada. Este cuento, como verán, llama a nuestra reflexión sobre la aceptación de las cosas que nos ocurren, en tanto éstas, buenas o malas, serán causa u ocasión de otras tantas con las que se concatenará nuestra vida toda, llena de acontecimientos de todos los colores. Siempre, por definición y por respeto a nuestro Padre y a la libertad que nos regaló, hemos de esforzarnos por modificar la realidad. Pero también hemos de aceptar los designios del destino que, buenos o malos, en última instancia nos esperan a todos y a cada uno de nosotros. Es difícil a veces aceptar ciertos sucesos, aún cuando ya están concretados y son parte del pasado. Para esto, un buen recurso, que podemos tomar de este cuento que nos llega de la India, es que, ante hechos o acontecimientos que suceden “muy a nuestro pesar”, “que nos exceden” o que “no tienen más remedio” en un momento determinado, es levantar la mirada y decirnos como el aldeano: -Buena surte, mala suerte, ¿quién sabe?-. Y luego continuar la vida con esa suave y serena sonrisa propia de la voluntad, de la fe y de la esperanza. Les mando a todos un abrazo.

Francisco M. Lynch

del programa emitido el 29-10-2007

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Ejercer la democracia, prenda de nuestra libertad.

Una de las premisas de la libertad es su ejercicio con responsabilidad. Sin responsabilidad, la libertad, como todo valor humano, puede ser hasta perniciosa para su destinatario, es decir, para el hombre. Un modo de ejercer la libertad con responsabilidad es participando, cuando los regímenes lo permiten, en la elección de los gobernantes. Porque ellos son los que, directamente dictan las normas de todo tipo que rigen nuestras vidas, poseen la facultad de aplicar dichas reglas y, como si fuera poco, son ellos, los gobernantes, los que disponen de los bienes que los miembros de la sociedad entregan para que se destinen al bien común (a través de impuestos, tasas, contribuciones etc.). Cuando hay elecciones, para que en conjunto determinemos quiénes nos gobernarán por un período determinado, es de suma necesidad que participemos cada uno lo más activamente posible. Y así, de ese modo, estaremos ejerciendo efectivamente nuestra libertad. De lo contrario la estamos desechando, la estamos eludiendo también porque no nos queremos hacer cargo. Para ejercer nuestra libertad con responsabilidad resulta básico, ante una elección de autoridades de gobierno, ir a votar. Y también es necesario que, en la medida en que cada uno podamos hacerlo, participemos en modo activo de los comicios. Por ejemplo, no dejar de concurrir y asumirlo como una posibilidad de ejercer la libertad más que como una obligación formal, al ser designados presidentes o autoridad de mesa electoral. O también es muy pero muy importante, sobre todo los jóvenes, el ofrecernos como fiscales por algún partido o agrupación política y así ayudar a que los comicios sean mas transparentes evitando la tentación del fraude o la mula a la que nuestra idiosincrasia criolla nos tiene mal acostumbrados. A veces nos mostramos pesimistas, desgastados, disgustados o desalentados al ver que, luego de varios años de democracia las cosas no mejoran como lo esperamos. Pero si nosotros no ejercemos nuestra libertad cívica plenamente, ¿no deberíamos hacer un mea culpa? ¿No provendrá el desaliento y el pesimismo del que hablaba antes de nuestra propia actitud y de nuestra escasa valoración al sistema de gobierno que nos hemos propuesto? Es un error creer que la política es un ámbito exclusivo para los políticos. Es un grave error. La política nos concierne a todos. Las consecuencias de la política recaen sobre nuestras espaldas cundo ésta se materializa en gobierno efectivo y concreto. Si queremos ser libres de verdad debemos hacer nuestro, de todos, el ámbito de la política. Solo así mejoraremos nuestra democracia y los gobiernos que se sucedan dentro de ella. No dejemos de participar activamente en estas próximas elecciones. Si estás dudando, no dejes de ir a votar o a presentarte a la mesa para la que te designaron como presidente o autoridad de mesa. Si estás dudando, no dejes de ofrecerte como fiscal para el partido que sea. Tenemos que participar, lo más activamente que podamos en las elecciones. Tenemos que dar el ejemplo a los más jóvenes y a los niños con nuestros actos. Mostrar una vez más que la libertad no es una mera declamación sino una realidad por la que hay que esforzarse actuando con responsabilidad. Aunque en algunos medios de comunicación nos quieran hacer creer, como ocurre a menudo, que las elecciones ya están dadas y que no le interesan a la gente, aunque encuestas dudosas pretendan torcer la libertad de las voluntades, no dejemos de ejercer nuestra libertad yendo a votar y participando cada uno como mejor pueda en estas elecciones para demostrarle a todos y fundamentalmente a nosotros mismos, que con nuestra libertad, no se juega. Les mando a todos un abrazo.

Francisco M. Lynch

del programa emitido el 22-10-2007

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¿Quijotes?

Hoy quisiera dirigirme a aquellos que, convencidos de un ideal, lo siguen y actúan en consecuencia, tocándoles por ello bregar en minoría, con buenas artes y con honestidad pero contra una corriente imperante que a veces no los respeta. Muchas veces en modo facilista y peyorativa se las llama a estas personas “quijotes”. Pero la realidad es que estas personas, bien intencionadas, del legendario personaje que Miguel de Cervantes creó en 1590, nada tienen. Si nos detenemos, con Martín de Riquer, a analizar las causas que generan los errores o “conclusiones falsas” de las que parte el Quijote para su accionar veremos que su locura nace de: 1) él se cree de absoluta buena fe que es caballero, cuándo en realidad no lo es ni pudo ser nombrado tal en modo real, 2) está convencido de que todo cuanto había leído en los libros de caballerías (novelas ficticias) eran verdad histórica y fiel relación de hechos que en realidad ocurrieron y de hazañas que llevaron a término auténticos y reales caballeros en tiempos pasados y 3) cree que en su época, principios del siglo XVII, y en la España de Felipe III, era posible “resucitar” la vida caballeresca de antaño y mantener los ideales medievales de justicia y equidad. El Quijote estaba loco y por ello desplazado de la realidad. Estas tres razones lo demuestran. Pero muy distinta es la situación de los idealistas que en toda época y aún hoy, en pleno siglo veintiuno, opinan y actúan en coherencia con su opinión. Sea por preservar valores y tradiciones o para cambiar realidades, defender un ideal y actuar en línea con él no significa ni creerse lo que uno no es, ni estar convencido de una falsa realidad histórica ni pretender resucitar algo fenecido o muerto, como le pasaba “en realidad” al Quijote. Seguir un ideal y testimoniarlo con buenas artes y con perseverancia, no es tarea de un loco. Es actitud valiente y honesta de por sí; tal vez para cuerdos que no se dejan arrastrar hacia el lugar donde va el viento. Hoy, por ejemplo, vivimos un tiempo comercialista. El valor dinero (como expresión de poder o como fin último) está muy arriba en la escala moral de valores que emana de la realidad. Sin embargo hay muchas personas que, en minoría, trabajan en silencio por sus ideales poniendo al dinero y al afán de riquezas en su debido lugar, mucho más abajo en la escala de valores. Grupos de personas, ONGs, Fundaciones, Sociedades sin fines de lucro, voluntarios de todo tipo y color. ¿Es que son ellos quijotes-locos? Quisiera sea este un homenaje a todos aquellos que, incomprendidos por ser minoría, tratados como quijotes por no seguir las preferencias de la masa consumidora o dejados de lado por no ir a la moda o por no subirse al éxito siempre pasajero, siguen en todo momento un ideal del que están convencidos, con buenas artes, con honestidad, con respeto por los demás y fundamentalmente, respeto por sí mismos. Les mando a todos un abrazo.

Francisco M. Lynch

del programa emitido el 8-10-2007.

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El tiempo es efímero para todos

 

Conversando días pasados con un amigo, tocamos una cuestión dolorosa para muchos y que nos pasa a menudo, como lo es la situación en que nos toca afrontar la enfermedad de un familiar. Para este amigo el tema reviste una carga extra porque no hace mucho uno de sus hijos murió con unos pocos meses de edad luego de resistir una enfermedad que resultó incurable para él. En seguida nos pusimos a reflexionar sobre cuál habrá sido la misión que Dios le dio a aquél chiquito que pasó tan fugazmente por la vida. Porque, es evidente que, por mucho o poco que una persona pase por este mundo, alguna misión vino a cumplir a esta tierra y alguna huella ha de dejar. Aunque más no esa, marcar el corazón de alguien para que de allí en mas encare la vida de un modo distinto a como lo venía haciendo, o vaya a saber que otro tipo de huella o influencia puede dejar un pequeño niño que se despide de esta vida en forma, para nosotros, muy temprana y a veces incomprensible. Pero lo cierto es que, ese fue el destino que Dios quiso para él o para ella. Y todas las personas, chicas o grandes, que están enfermas han de saber también que el soportar una enfermedad o un mal momento, es parte de su misión en la vida. Y es misterioso el porqué de ese designio de Dios. Y profundizamos un poco el concepto con este amigo mío, sobre todo en lo relativo a la percepción de estas realidades. Porque en seguida nos pusimos a reflexionar en torno a estas cuestiones de la vida de las personas y notamos que esas mismas realidades las podemos enfocar por un lado desde nuestra óptica, subjetiva. Y desde allí, en principio, sin mucho análisis, tendemos a concluir como ridículo por ejemplo, que un chico muera, que debería al menos realizar su vida antes de morir. Pero si nos alejamos un poco, si intentamos un enfoque algo más objetivo, descubriremos que, aún la vida nuestra, la de los mayores, que puede durar cien o ciento veinte años (según se ven casos a cada rato en los diarios) es tan efímera para la historia de la humanidad como lo puede ser la de un niño que vive solo un día. Y tal vez, un niño que vive un solo día puede influir más en el destino de muchos, que una persona que vive cien años. No por mérito de ellos, sino por la misión en la vida que les tocó a cada uno, misión que, en toda su magnitud sólo podremos develar bien cuando veamos el rostro de Dios. En esta materia, y como en todo, el hombre y la mujer proponen y Dios es el que finalmente dispone. Pero no por ello y por resultar nuestras propias vidas un diminuto micrón frente a los miles y miles de años de la historia de la humanidad, “hemos de tirarnos a chanta” y dejar que todo transcurra sin preocupación. No, nada de eso. Por el contrario, siguiendo el apotegma, hay mucho lugar en nuestras vidas, mientras la tenemos y la mantenemos en el tiempo, para proponer. Y estoy seguro que Dios quiere que lo hagamos. Luego El dispondrá. Y eso nos da una gran tranquilidad. Hay muchas cosas de la vida, de la historia, de la existencia que nacen pura y exclusivamente de nuestra voluntad, en el ejercicio de la libertad que el mismo Dios nos dió. Y si bien somos un punto muy pequeño en la historia del hombre, un punto en el universo, pues tenemos vida y una misión que cumplir. Y lo que es mas importante, creo que mientras tenemos vida es que Dios nos está golpeando el hombro permanentemente diciéndonos “proponga hombre, proponga, no se quede, vamos”. A este respecto no quiero dejar de compartir con ustedes unos versos anónimos a los que se aludieron hace unos pocos días en el transcurso de una fiesta familiar, de la familia Varela a la que pertenezco con orgullo y que dicen así:

 

Si quieres hacer feliz a alguien que quieres

Mucho, díselo hoy, sé bueno…

En vida, hermano, en vida…

Si deseas dar una flor, no esperes a que se

Muera, mándala hoy con amor…

En vida, hermano, En vida…

Si deseas decir ” Te quiero ” a la gente de tu

casa, y al amigo de cerca o lejos…

En vida, hermano, En vida…

No esperes a que se muera la gente para quererla

y hacerle sentir tu afecto…

En vida, hermano, En vida…

Tú serás más feliz si aprendes a hacer felices

a todos los que conozcas…

En vida, hermano, En vida…

No te obsesiones con visitar panteones,

ni llenar las tumbas de flores;

En vida, hermano, En vida…

Francisco M. Lynch.

del programa emitido el 1°-10-2007

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El dinero, una herramienta interesante.

 

Según ciertas teorías económicas, cuanto más circula el dinero entre los habitantes de un país o de una región, mayor será el movimiento económico, aumentará la producción de bienes y servicios objeto de esa circulación monetaria y por ende mayor será el crecimiento de la economía de ese lugar. Si nos atenemos a ello exclusivamente, la consigna sería, para contribuir a la economía, hay que hacer circular el dinero, es decir, gastarlo, incluso, sin importar en qué, total, con ello, movemos la economía y hacemos el bien. Pero a poco que se piense en esto y en la contradicción con la cultura del ahorro que alguna vez nos enseñaron nuestros mayores, empezamos a revisar estos lineamientos de la ciencia económica y podemos vislumbrar aspectos que, como todo, nos llevan a esta conclusión: Todo lo que conocemos, aprendemos y obtenemos, ha de ser utilizado por nosotros con criterio, con nuestro criterio, para que nuestras acciones sean determinadas por nosotros conforme al dictado de nuestras conciencias. Y entonces, más vale meditar un rato antes de hacer. Volviendo al tema económico que nos ocupa, ¿será prudente, haciendo honor a ese sano deseo de que la economía crezca, el hacer circular o gastar nuestro dinero en lo que sea, con tal de que circule y haga así crecer la economía? A menudo este principio teórico-práctico junto con el válido prurito de no atesorar en modo excesivo, el no ser avaros o amarretes, el andar livianos por la vida, etc. nos pueden llevar, en la práctica, a convertirnos en personas que gastan el producto de su esfuerzo o su hacienda, en lo primero que encuentran sin pensar mucho en qué se está invirtiendo el dinero, a quién se está beneficiando con ello y qué actividad se está promoviendo. Por otro lado, pareciera, cada vez más, que el pensar en qué vamos a gastar nuestra plata es algo de lo que no nosotros sino las agencias de publicidad o mercadeo (también llamado marketing) han de pensarlo por mí. Y dejamos que nos convenzan fácilmente. Total, hay que gastar para mover la economía. Y ese es nuestro facilista y justificante razonamiento a veces. Nos dejamos llevar y consumimos lo que los avisos comerciales nos indican. Mediante mecanismos sutiles, con muy buen arte de seducción, a veces se nos nubla la posibilidad de elegir bien dónde y qué comprar o destinar nuestras monedas. Existen modelos de sociedad avanzada donde el consumo de cosas (bienes, servicios) es un motor real de la economía y se alienta el consumo en sí, sin muchas vueltas. Pero, a la vez, previamente y como parte del mismo modelo, se atiende y resuelve, mediante sistemas adecuados, las prestaciones básicas para la vida digna de sus habitantes, como lo son los sistemas de salud, educación y de acceso a la vivienda. Pero, ¿qué pasa en sociedades como la nuestra, donde todavía estas prestaciones básicas no llegan en debida forma a la mitad de nuestra población que está en la pobreza? ¿Será que no funciona acá la teoría de que cuanto más circule el dinero mejor será para la economía? O ¿no será tal vez que estamos asignando indebidamente los recursos de que disponemos? ¿Podemos hacer algo individualmente cada uno de nosotros al respecto? ¿Algo que coadyuve a la sociedad dentro del escenario y con las reglas del mercado? ¿Algo más que el salvarnos nosotros mismos? ¿Podremos hacer algo dentro de nuestras posibilidades y de nuestra realidad? Pues, en primer lugar, más allá de las teorías y de la práctica, debemos tomar al dinero como lo que es, un medio de intercambio inventado por el hombre. De ningún modo el dinero puede ser un fin en sí mismo. Pero no por eso, como medio que es, debemos dejar de darle su importancia e intentar descubrir sus utilidades para emplearlo en debida forma; en buena forma. Es una herramienta con varias funciones. Y así, como toda herramienta, podríamos emplearla en modo insuficiente o equivocadamente, o incluso hasta para hacer el mal. Quienes queremos aprovechar y utilizar al máximo todas las propiedades y funcionalidades del dinero, como medio, tenemos que tener en cuenta que podemos adquirir con él bienes, de los cuales no solo hemos de comprobar su calidad y cuánto nos sirven a nuestros fines inmediatos o mediatos importantes sino que hasta podemos revisar, antes de comprar, quién los produce, quién los comercia y si quiero favorecer o beneficiar la actividad de estas personas al comprarles o tal vez debiera hacerlo en otro lado para favorecer a otros. En general, desde un enfoque práctico podemos decir que la libertad del consumidor, nuestra libertad, es la que regula todo esto. Esta libertad la ejerceremos con parámetros propios, solo de nosotros y de nuestra propia subjetividad. Es que somos portadores de nuestra libertad. Y así, dentro de nuestra libertad podemos concluir a veces, con todo derecho y razón, que a pesar de que pague un centavo más, voy a comprar acá porque me interesa más favorecer al comerciante honesto o al que por alguna razón quiero beneficiar con mi compra. Lo mismo con los productos, tal vez la calidad o la procedencia de ciertos productos, aunque me cuesten un poquito más, los prefiero a otros cuyos productores no me interesa promover. Y esto está dentro de nuestra libertad. No es cierto que siempre haya que comprar mas barato para concluir que compré mejor. Yendo a un extremo, puedo comprar mercadería robada o falsificada más barata. Obtendré así un bien en modo inmediato por menos dinero. Pero me olvido así que al comprar estoy fomentando a la actividad de ladrones y de falsificadores que además, en su mayoría, explotan a gente necesitada que está en la calle para lograr colocar sus productos en modo irregular. Y como este hay muchos, pero muchos ejemplos. Es decir que, nuestra subjetividad, y no solo el precio, siempre influirá en el mercado y en la economía. Entonces, yo bien puedo, en todo momento, hacer valer mi preferencia por tal o cual actividad o productor que subyace detrás de cada producto o por tal o cual vendedor de tales productos atendiendo a la calidad de tales personas o empresas, si es que las conozco o me intereso en hacerlo por supuesto. Es entonces cuestión muy importante tener en cuenta lo que venimos diciendo (No solo qué compramos y a qué precio sino a quién se lo compramos y quién produce eso qué compramos, que son todos beneficiarios directos e indirectos de nuestra compra). Es muy importante, decía, a la luz de todo esto, en qué gastamos nuestra plata. Tomar conciencia que este medio nos da un poder soberano nuestro, de cada uno de nosotros, para elegir. Y me pregunto, habiendo necesidades básicas insatisfechas en nuestra sociedad ¿no tendríamos que ser más selectivos al momento de decidir donde gastar o invertir nuestros ahorros? ¿No debiera pensar cómo gasto mi plata para dilucidar tal vez, a dónde va el beneficio de mi compra y así poder promover actividades que quiero apoyar por sobre otras que tal vez no comparto en sus principios? ¿Cómo ejerzo mi derecho a comprar? ¿Ejerzo realmente mi libertad completa pensando todas estas cosas hasta donde me lo permita mi conocimiento o soy víctima de la dictadura del precio mas barato? La verdad es que podemos hacer valer nuestras preferencias, sean las que sean, y constituirán como lo puede hacer también el precio, variables efectivas que irán desarrollando el mercado. Estas preferencias, llenas de valores culturales insertos en cada uno de nosotros, nos llevan a ser conscientes de que nuestro dinero, es un medio nuestro, y lejos de ser esclavos de él (y de su acumulación por la acumulación misma), con nuestros principios lo justipreciaremos, es decir no lo apreciaremos ni en más ni en menos que lo que es, un medio. Si ese medio, es puesto por Dios y por nuestro esfuerzo en nuestras manos debemos poder ser capaces de utilizarlo conforme nuestros principios. Es cierto que no estamos permanentemente pensando en profundidad sobre todo aquello que consumimos día a día. Pero será muy importante empezar, como ciudadanos, como integrantes de una sociedad que ejerce con responsabilidad sus libertades, el pensar qué actividad o comercio estoy promoviendo al comprar tal o cual producto o servicio. Y preguntarnos ¿realmente estoy derivando mi esfuerzo correctamente? ¿no movería la economía igual y a la vez no sería mejor el promover esta otra actividad que entiendo directamente es más beneficiosa para nuestra sociedad hoy? Una idea: Se me ocurre que hoy por hoy, en nuestra Argentina, es mucho lo que todavía nos queda por hacer en materia de educación, alimentación y salud. Allí hay sectores, actividades primordiales donde directa o indirectamente nuestras opciones de qué y dónde comprar pueden influir positivamente. Cabe preguntarnos, al momento de elegir en qué gastar si con mi elección total o parcialmente estoy contribuyendo de alguna manera con esos sectores. Hay muchas empresas con programas destinados a dichos sectores. El dinero es un medio que debemos administrar conscientemente teniendo en cuenta todo su potencial, un medio que es manifestación del producto de nuestro esfuerzo personal y que, junto con los esfuerzos personales de los demás, son los que verdaderamente mueven al mundo. Hay que ser conscientes que sin el dinero de cada uno de nosotros, no habría economía tal cual hoy se la concibe con políticas monetarias incluídas. La suma de todos nuestros ahorros y de nuestras acciones la conforman. Está en nosotros el explotar todo el potencial de nuestro dinero y conforme lo que comentamos, acostumbrarnos a pensar y elegir con responsabilidad en qué y dónde lo utilizamos. Les mando a todos un abrazo.

Francisco M. Lynch.

Programa emitido el 24-09-2007

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Entidades de deporte amateur.

 

Creo que en nuestro país, como en todas las sociedades que intentan avanzar en modo serio, necesitamos cada vez más y si es posible, cada día mejores, enfermeros, médicos, maestros, albañiles, mecánicos, ingenieros, policías, bomberos, y todas, todas aquellas vocaciones, ocupaciones o profesiones que coadyuvan directamente al progreso como sociedad y al mejoramiento de la llamada calidad de vida. Y es muy interesante que a la par de la formación de los jóvenes para estas ocupaciones o a la par también del ejercicio de estas profesiones, las personas tengamos momentos de esparcimiento y de sana recreación, como lo es el arte, los hobbies o los deportes. En este último aspecto, el deportivo, nuestra zona norte es pionera y goza en la actualidad de muchos adeptos. Gran cantidad de entidades privadas y también públicas y los actores que las componen conciben al deporte como sana recreación para todos y a la vez como sana formación física y espiritual de los jóvenes mientras estudian o se inician en sus respectivos trabajos. Además, estos centros que nuclean a las personas en torno al deporte son lugares ideales que proveen al encuentro e intercambio entre las personas y consolidan el desarrollo social y familiar, sobre todo hoy, en tiempos en que la mujer practica deportes con tanto gusto y motivación como el hombre. Vaya pues un reconocimiento especial y nuestra mayor valoración para todas las instituciones que, en torno al deporte amateur, efectúan su invaluable aporte desde hace mucho tiempo ya al sano entretenimiento de generaciones enteras que, mientras estudian o trabajan, tienen un espacio para reunirse y practicar deporte amateur, ese que les permite a cada uno divertirse y formar o preservar el físico, templo que nos acompaña mientras existimos en esta vida. Dios preserve por siempre a estas entidades y clubes de deporte amateur y a aquellos que desinteresadamente las conducen. Son bienes demasiado importantes para apreciarlos o valuarlos en términos económicos. Pues su existencia su importancia y su razón de ser, no tienen precio. Les mando a todos un abrazo.

Francisco M. Lynch.

del programa emitido el 17-09-2007

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Ese trascendente y silencioso hábito de conversar con nosotros mismos

Encontrar nuestra misión en la vida es difícil. Algunos creen haberlo encontrado desde muy temprano. Otros no. Tal vez nos cueste, paradójicamente, toda nuestra vida encontrar su propio sentido y lo hacemos recién al final. Puede que muchos dejaron este mundo pasando por él sin siquiera formularse esta cuestión. Pero aquellos que no nos conformamos con ser meros seres vivientes que nacen, crecen, se reproducen y mueren, tenemos por anhelo, por legítimo deseo de superación de la alta especie humana, el intentar descubrir, mientras vivimos, la empresa o misión que Dios nos tiene reservados exclusivamente para cada uno de nosotros. La queremos descubrir porque deseamos prepararnos lo mejor posible para cumplirla. La queremos desenmascarar, a nuestra misión en la vida, porque necesitamos invertir nuestro tiempo, de la mejor manera posible para que esa, nuestra misión pueda ser cumplida. Porque el tiempo, tarde o temprano, se acaba. Esto de la misión en la vida cobra mas fuerza aún si se lo ve desde la óptica de ese deseo innato en el hombre del que hablaba Miguel de Unamuno. Me refiero aquí al “hombre” como género, pues el concepto abarca tanto al hombre como a la mujer. Es el deseo humano y terrenal de trascender la propia vida. Un deseo natural de dejar huella. De dejar una obra o un hito en la historia grande o pequeña, pero trascendente al fin, que haga que nuestra vida sea recordada y haya tenido razón de ser. Qué tremenda pregunta esta de la misión en la vida. Tremenda porque se va nuestra existencia en su respuesta. ¿Cuál es mi misión en esta tierra? ¿Cómo evitar que cada segundo que pasa, que indefectiblemente me acerca cada vez más al momento de mi muerte terrena, no deje de ser aprovechado en beneficio de mi misión en la vida? ¿Cómo saber que el camino elegido no es el equivocado? Creo que las respuestas las hemos de alcanzar si nos lo proponemos. Y de algo estoy seguro. No hemos de desaprovechar ni un segundo de nuestras vidas si, estando esta cuestión aún pendiente de respuesta, tomamos nuestro tiempo para intentar responderla. Será tiempo muy bien empleado el meditar sobre los caminos que recorremos día a día y si nos llevan o no a aquello en lo que creemos desde lo profundo de nuestra alma conjugado con nuestra propia mente. Y será muy bien empleado dicho tiempo porque las cuestiones, las preguntas a nuestro propio ser sólo caben y tienen sentido en esta vida. Si nuestro corazón marca el ritmo y nuestra mente va escribiendo nuestra melodía pues, démosles a estos dos factores de nuestra vida el tiempo y lugar necesarios para encontrarse. Pensar sobre los objetivos de nuestra vida en libertad y si estoy realmente caminando en dirección a ellos. Para esto, es necesario e imprescindible conversar con nosotros mismos. Escucharnos en un ámbito de silencio. Buscar ese encuentro al menos un rato, todos los días, o al menos una vez por semana. Y una muy buena dosis de valentía hará falta para enfrentar nuestro propio espejo, esa Valentía con mayúsculas que los creyentes solemos pedir a Dios en su presencia para que nuestras oraciones sean fieles de verdad a lo que estalla ardiente en nuestras almas buscando esas señales que solo en el recogimiento nosotros mismos podemos encontrar. Señales que solo afloran, sólo se ven, cuando a nuestro alrededor reina el silencio más profundo. Señales que siempre están allí. Solo depende de nosotros tomarnos nuestro tiempo, y antes que sea tarde, acostumbrarnos a mirarlas, protagonizando voluntariamente momentos de solitaria y profunda meditación personal. Lograremos descubrirnos. Qué somos y cómo estamos. Y, con ello, irá apareciendo cada vez con más claridad ese mapa de nuestra vida que lleva indefectiblemente al tesoro que Dios reservó para cada uno de nosotros. ¿Cuánto tiempo converso conmigo mismo? ¿Cuánto invierto de mi tiempo en revisar mi mapa de vida personal? Espero tener el coraje y la valentía de hacerlo cada vez con más asiduidad. Es la única manera de saber que lo que hago día a día va en la misma dirección de mis objetivos de vida por los que la he de trascender. Será bueno entonces que me acuerde de estar en silencio un rato conmigo mismo, de tanto en tanto y cuanto más seguido, mejor. Les mando a todos un abrazo.

Francisco M. Lynch.

Del programa emitido el 10-09-2007

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Hacer el bien sin esperar cómo agradece quién.

 

Me gustaría hoy compartir un sentimiento que muchas veces me embargó luego de hacer algo que yo consideraba bueno para alguien. Es decir luego de hacerle un favor a alguien, aparece un sentimiento, casi imperceptible, de obtener un reconocimiento de esa misma persona a la que ayudé. Aunque no busquemos un pago o la retribución de algo equivalente a lo que damos, cuando hacemos un favor, muchas veces si esperamos, aunque más no sea, un natural “agradecimiento”. Creemos que ese agradecimiento nos lo tenemos merecido y lo esperamos. Pero ocurre que a veces no llega tal agradecimiento y lo que es peor, puede pasar que nos rechacen aquello que queremos dar u ofrecer con legítima intención de ayuda. Y nos afecta, claro. Por eso, cuando damos o hacemos algo por los demás tenemos que saber y estar preparados para el rechazo de la ayuda o la mera ignorancia, desprecio o no agradecimiento por parte del eventual beneficiario. Es que uno, al dar, espera en modo inconsciente un agradecimiento mínimo al menos, instantáneo o algo prorrogado en el tiempo, no importa, espontáneo o más elaborado, como venga. Pero algo uno espera. Sin exigirlo, lo espera. Pero normalmente ese agradecimiento lo esperamos e imaginamos a nuestro modo, es decir como lo concebiríamos nosotros, incluso con nuestro lenguaje, modales y gestos. Es que, en el momento, no nos detenemos a pensar que tal vez aquél que se benefició con nuestra acción, aquél que recibió nuestra ayuda, vive en condiciones diferentes a las nuestras, tiene una historia personal, tiene una cultura abrazada y una educación muy pero muy distintas a las nuestras. Es probable que su crecimiento y formación le impidan, aunque lo quieran hacer, el exteriorizar un agradecimiento como nosotros lo esperamos. Como ejemplos aislados, a veces cuando damos algo o hacemos un favor a una persona que le va bien, en general, en los tiempos que corren, su condición y sus ocupaciones no le dan tiempo para valorar nuestro esfuerzo y a veces no son suficientemente agradecidos como lo esperamos. Como contrapartida, cuando ayudamos a alguien que le está yendo muy mal, ese, en general, está perturbado, no encuentra la Paz, porta un sentimiento de dolor o de resentimiento contenido o hasta tal vez carezca o no recuerde las normas de educación que lo llevarían a ser, de algún modo, agradecido como nosotros lo esperamos. Pero, a más de analizar estos extremos desde hipótesis en la que nosotros somos donantes, invito a hacer un ejercicio personal que nos ayude a comprender, a entender estas cosas y a ayudar cada vez más sin esperar respuesta alguna de aquél al que ayudamos. Propongo que pensemos en nosotros mismos y nos preguntemos ¿Agradezco yo al Creador cada hora de vida que me regala? ¿Agradezco a Dios o a la madre naturaleza cada momento placentero de mi vida o de la vida de mis seres queridos? Yendo más a lo terreno, ¿cuánta gente pasó por mi vida haciéndome el bien y yo no fui lo suficientemente agradecido/a? ¿Cuánto agradecimiento habrá esperado de mí aquél que mucho me sostuvo? ¿Habré cumplido mi cuota de agradecimiento? Y, si tal vez yo no estoy seguro si fui lo suficientemente agradecido ¿es que debo dar tanta importancia al esperar el agradecimiento de los demás? Creo que la respuesta es clara. Lo bueno de dar está en la acción misma y no en los modos que la adornan. Al respecto, es menester recordar estas dos frases de un campeón mundial de la ayuda al prójimo como lo fue y lo es a través de su obra, Juan Bosco (Don Bosco) quien dijo: “Hagamos el bien que podamos y no aguardemos la recompensa del mundo, sino solamente la de Dios” y vinculado con ello agregó: “¡Ay de quién trabaja esperando el pago del mundo!, el mundo es mal pagador y paga siempre con la ingratitud. Vos trabajá por amor a Jesucristo”. Que formidable, Don Bosco. Con estas dos frases encierra todo un catálogo de cómo trabajar por el prójimo y con qué horizonte ayudar a los demás. Un horizonte infinito que se prolonga hasta el Cielo. Nada más y nada menos. Les mando a todos, un abrazo.

Francisco M. Lynch.

Del programa emitido el 03-09-2007.

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Mejorar el mundo.

 

Hoy quisiera referirme a aquellos que levantan la mirada y ven un presente lleno de dificultades y desafíos que parecen imposibles de sortear. A todos aquellos que notan que la mitad de la población argentina se encuentra afectada por la pobreza y sienten algo inquieto en su corazón que hace que no los deje dormir tan tranquilos como quisieran. Una preocupación que, por mucho que se piense, aparece como inabarcable, llena de injusticias y marcada por la impotencia para una persona que, se siente sensible, se piensa y cree sensible, y realmente lo es, pero que sola, sola no puede con tanta injusticia, tanto dolor esparcido por estas tierras. Dolor que incluso en ocasiones se siente en el alma y es propio de la condolencia de los que reflexionan con sensibilidad, pero que a menudo, y muy a menudo, se hace carne día a día, hora tras hora en los huesos, en las entrañas y en la piel de muchos. Y también está el otro dolor, el de la indiferencia, ese dolor que sienten los que están o se sienten solos. Y frente a este panorama, nosotros. Nosotros preguntándonos qué estamos haciendo frente a este escenario de la realidad. ¿Qué podemos hacer ante tamaña problemática que nos excede a cada uno de nosotros?. Ante esta pregunta, muchas veces nos justificamos una y otra vez preguntándonos a dónde va el producto de nuestros impuestos o que la culpa de todo la tienen nuestros gobernantes, como si los gobernantes fueran marcianos que no pertenecen a nuestra sociedad, es decir, a nosotros como conjunto e insertos en nuestra propia cultura. Estas justificaciones son meros razonamientos para salir del paso, para que nuestra conciencia no nos impida tirar unas horas más, una noche más tal vez de sueño, una temporada de vacaciones o un espacio de nuestras vidas. Pero nuestras almas siempre reclamantes, almas que de vez en cuando levantan la mirada para ver la realidad, recurren una y otra vez a preguntarnos, ¿Qué estamos haciendo nosotros para mejorar o cambiar para mejor la realidad? ¿Es que estamos capacitados para ello? ¿Debemos volvernos locos o angustiarnos por no poder hacerlo?. Pues son bastante benévolas estas preguntas. Porque cada uno de nosotros puede responderlas para sí. Es un ejercicio personal de cada uno. He aquí una modesta guía para hacerlo. En primer lugar, creo que desde la libertad, valor supremo en esta vida regalado por Dios y que debemos cuidarla, se nos da la posibilidad de encarar cada uno de nosotros esta cuestión. Cada uno desde cada realidad individual. Una realidad personal con bondades y también con límites precisos que debemos descubrir y tener claros. Todos somos personas distintas. Cada uno con una historia personal y con cualidades psíquicas y físicas distintas y propias de cada uno. Somos combinaciones de materia y espíritu irrepetibles. Es así que, primero que todo lo demás, para modificar algo la realidad en modo serio, cada uno de nosotros, en modo previo, debemos saber bien quiénes somos y qué somos capaces de hacer. Es que primero tengo que saber bien quién soy y sujeto a ello luego decidir qué puedo hacer. Simultáneamente con el saber quién soy tengo que saber también que “yo solo es muy poco lo que puedo en esta vida”. Si pretendemos desde nuestro lugar personal modificar a nuestro modo y con nuestras propias fuerzas algo de lo que está mal en el mundo, nos chocaremos con una realidad que nos devastará en pocos segundos. Nos tirará la moral abajo y con ayuda de nuestro orgullo herirá mortalmente a nuestra acción que con buena fe hayamos proyectado. Nos sentiremos fracasados e impotentes y, lo que es aún peor, en muchas ocasiones desistiremos de iniciar cualquier acción antes de empezarla, de solo pensar que tamaña empresa “no la podré encarar ni aguantar”. Y así, nos paralizaríamos, entraríamos nuevamente en ese circuito cerrado de advertir y pensar en lo que anda mal en el mundo, luego pensar en modos para yo solo cambiarlo, luego darme cuenta que no puedo y por último, paralizarme y recurrir a las justificaciones para luego seguir tirando en esta vida, viéndola pasar como es. Lo que tenemos que combatir en nosotros no es el deseo de cambiar el mundo sino la tendencia natural y facilista de anhelar y pretender hacerlo nosotros solos, en nuestra vida y a nuestro modo. Tenemos que pensar que los problemas de la humanidad existieron siempre. No hay nada nuevo bajo el sol. Pero como género humano a lo largo de la historia vamos avanzando lenta pero claramente. Vamos dejando, con el paso de los siglos, institutos como la esclavitud, por ejemplo. Y si, claro, es mucho lo que falta. Pero mucho más lo será si creemos que solos y en nuestro tiempo lograremos ver plasmado nuestro elevado anhelo de un mundo mejor. Pues en realidad, cada uno de nosotros estamos capacitados, en nuestra propia vida para construir nuestro eslabón de una inmensa cadena. Pero no la totalidad de la cadena misma. Concentrémonos entonces en construir y mejorar nuestro propio eslabón para aportarlo a esa indefinida y enorme cadena que es la Humanidad (con mayúsculas).Si tenemos claro que cada uno de nosotros solos no podemos (ni nos puede ser exigido) el componer solos esa inmensa cadena, pues tratemos de descubrir cada uno cuál es nuestro eslabón. Cuál es el eslabón que yo tengo que construir en mi vida. Cuál es el eslabón para el que estoy preparado o para el que me he de preparar y para el que tengo vocación. Descubrir quién soy. Mostrarlo a los demás si todavía no lo he hecho. Meditar sobre nuestra vocación para descubrir cuál es el eslabón de cada uno en esta gran cadena. Algunos pocos serán líderes y su vocación será el mando y la dirección, otros, la mayoría según los designios de la propia creación, serán sostenedores y actores de la acción. Cada eslabón es necesario y valioso por igual. No importa cuántos años tengas o en qué etapa de tu vida estés. Solo antes de actuar reflexioná, reflexioná largamente y todo lo que sea necesario para descubrir o redescubrir quién sos hoy, cuál es tu eslabón y en qué medida lo estás aportando a la cadena de la Humanidad. De otro modo, podés correr el riesgo de quedar paralizado por no poder solo, en modo individual, construir una cadena que sin dudas te excede y de la que la vida, tu vida, solo te exige un eslabón. La vida te pide que hagas tu eslabón, ni más ni menos. Ese que será tu obra en esta vida, ese eslabón que no importa si es chico o grande, multicolor u opaco, es tu eslabón, necesario como todos los demás para que haya cadena. Es tu eslabón en la cadena indefinida de la Humanidad, ese eslabón que Dios quiere que vos construyas, y que lo único que te pide es que lo hagas con amor a los demás. Tratemos de descubrirlo, Tratemos de esta manera, de llevarlo adelante. Creo que es lo que nos está mandado a hacer. Aunque no la veamos, ni salga publicada en estadísticas, la suma de todos estos eslabones hechos cada uno con amor al prójimo son los que mejoran día a día al mundo. No dejemos pasar cada uno esta oportunidad. Les mando a todos, un abrazo.

Francisco M. Lynch.

Del programa emitido el 27-08-2007

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